
Como ir por un camino de cristales rotos. Es la sensación que tengo cuando pienso en esto. Hoy, en urgencias, había una señora con un carrito de bebé. Silenciosa, atendía al niño, que lloraba sin consuelo. Era un silencio relativo el que nos circundaba: por eso se escuchaba tan bien el llanto. Llegó el que parecía ser la pareja, despreocupado, mirando el móvil. Llegaron dos o tres mujeres más y un par de hombres. Entonces, lo que era silencio, se convirtió en un gallinero. El llanto del niño ya no se apreciaba.
Y, como mucha gente antes que yo, creo que el individuo es inteligente, pero la masa es estúpida. Esa estúpida que responde a roles que parecen ser inviolables, pues sería cuestionar la identidad del grupo.
¿Acaso no somos un único grupo por estar vivos? Una agrupación de seres vivos que pueden ser agradecidos por poder respirar, ir a urgencias a ver cómo un marroquí con dolor de muelas se sirve de otro, pues no sabe español aún…
Malditas: mil veces malditas las costumbres que dicen definir nuestra identidad cuando respirar es el único documento que nos licita heredar la tierra. Maldita la inercia que nos hace infelices como prueba inapelable de que somos quienes debemos ser…
Deber ser, have to, must…
A todos los que apelan a la tradición, traicionera, que aplasta al individuo, anestesia el grupo y condena al infierno dantesco la inocencia de la gente, os digo: ¡Es mentira! Ningún tiempo pasado fue mejor; Está por estrenar la humanidad de la Humanidad. ¿Por qué volver a asomarnos al abismo de la tristeza cuando tenemos la oportunidad de sentir el vértigo de una promesa que es más real que la ficción de la salvación, pues es “en la tierra como en el cielo”?
Nuestra herencia es la alegría. Pero es para hoy.