
Últimamente se usa mucho esa palabra: héroes de hospital, a los que aplaudimos, los héroes de Filipinas (de estos hace más tiempo), que murieron por la patria… Héroes. (podéis seguir con la lista vosotros, que cada uno elige quién es el héroe que más le motiva)
Y de motivación hablo. De la misma manera que los santos son gente tocada por Dios para hacer una obra imposible para todo aquel que no lo ha sido, los héroes son santos, pero en laico. Los toca una araña radiactiva, un nacimiento extraterrestre, el contacto con un artefacto ultramoderno o súper mágico… Esos mutágenos a los que nos ha acostumbrado el cine.
Y, tanto los héroes como los santos, deben ser una luz en la oscuridad, guías que ayuden a cruzar el desierto, figurado o real, de cada uno de nosotros. Pero, lejos de conseguirlo, en vez de ser vidas que sean sugestivas para la plebe, son todo lo contrario: la justificación de que, como yo nunca seré hijo de Krypton o que soy alérgico a la picadura de araña, ni seré héroe ni santo, porque no me creo nada de Dios.
Santos y héroes nos invitan a ser mediocres. A vivir una vida previsible y anodina en la que lo increíble sólo pasa en las series originales de las plataformas, que de original no tienen nada excepto el nombre y la interfaz…
No. No me interesan aquellos que babean con los que están subidos a los altares o aquellos que luchan contra una injusticia de celuloide o de papel (¡Qué antiguo! Celuloide). La heroicidad y la santidad son sinónimos de compromiso: el que va más allá de la individualidad que me identifica y que me hace consciente de mi entorno. Llama a tu compromiso como te de la gana. Pero no dejes que los donnadie te digan que eres la hostia e invítalos a que ellos, también, lo sean.