
¡Qué difícil es ser honesto! Y no hablo de la política. Hablo de cada día. Los ejemplos los hay a millares… Cuando soy peatón, insulto a los conductores por hacer lo que les da la gana: aparcar donde les parece, ir más lento o rápido, el ruido de las motos… Pero, cuando soy conductor, soy presa de una posesión demoníaca cuando alguien va lento o demasiado rápido; cuando los peatones parecen hacer una pasarela de los pasos de cebra; que toquen el pito otros o que frenen sin razón aparente.
Cuando tiro la basura demasiado pronto porque me viene bien y veo, en la misma situación a alguien tirándola, lo incivil que es su comportamiento. Cuando tengo un papel en la mano y tengo la intención de tirarlo a la vía pública: casi…. Pero, cuando veo alguien tirando algo al suelo, siempre pienso que es un guarro. Un guarro.
Cuando va hablando por teléfono con el manos libres, como si quisieran que escucháramos sus conversaciones, como si fueran algo interesante: como si invadir el espacio más allá de lo personal fuera un derecho inalienable.
Cuando eres mayor y te saltas todas las reglas porque eres mayor. Cuando eres perro, porque tienes más derechos que los seres humanos: incluso a que tu dueño deje el fruto de tu vientre sobre la acera…
No es que no sepamos qué es lo correcto: es que lo incorrecto no nos exige nada. Saltarnos las reglas de buena vecindad, la educación como motor del cambio a mejor de la sociedad, es una tentación del gamberro que nos habita. Ponerle coto, no diré extirparlo porque no creo que sea posible, es urgente.
Un detalle más. Cuando el país del genocida es atacado, el genocida tilda el ataque como crímenes contra la humanidad. Un genocida hablando de justicia cuando no existe para quienes sólo hay balas y hambre.
El hombre justo y el genocida viven dentro de cada uno. Quién sea el que domine nuestra vida, es decisión nuestra.