Durante miles de años, la animada conversación entre rocas, fue ganando en intensidad. A veces era interrumpida por la contractura de alguna placa tectónica en forma de terremoto; las minerales voces eran compartidas y escuchadas. Tanto se caldeaban algunos que vociferaban a través de bombas volcánicas, de lava en movimiento y su solidificación en contacto con el mar: Siempre el mar.
Paralelamente a tan eónico diálogo, la vibración que producía era sentida por las raíces de los árboles. En su comunicación, plantas, árboles y arbustos se mandaban mensajes en las hojas que el viento arrastraba. Los sauces llorones agitaban nerviosos sus ramas para atrapar las noticias que Chopos, Encinas y Pinsapos enviaban llenando de comunicación el aire.
Todas las conversaciones tenían lugar mientras se daba un baile de serpientes en la tierra. Los zorros y lobos acudían a la llamada de la manada, en una coreografía iluminada por ocres atardeceres, azules y malvas amaneceres. Iluminados por el astro rey, las sombras de los osos y las cabras se alargan acariciando las laderas de los montes, la hierba del valle, junto con el sonido de los cencerros de las vacas…
Y todos entonaban una sinfonía inaudible. O incongruente. Fue entonces cuando la imagen de Dios hecha carne aclaró su garganta. Y habló rítmicamente, repitiendo motivos de alegría para todo el pueblo. Y bailaron. Sí. Bailaron la danza que imaginó el planeta desde su núcleo hasta la atmosférica frontera. Las copas de los árboles silbaron la melodía al paso de la brisa. Y un niño. Y una niña. Y todos los que llenaron la plaza bailaron a una. Una voz que quiso ser distinta en cada uno. La polifonía nació de la alegría. Y la madera de los árboles fue instrumentos; las manos de los hombres, creadoras.
Y creativas las mentes de quienes advirtieron a Dios bajo todos los sonidos que hubo, suenan y serán.