
Estoy teniendo una experiencia muy atípica. Estoy cantando misas en una romería. Y son siete misas al día. Este año la romería son, junto con la novena, catorce días. Echad la cuenta. Es una apuesta de un párroco que quiere que sus misas no sólo sean un rato en el que se soporta la necesaria celebración eucarística, sino que, a través de las canciones, haya un encuentro con la Virgen María. Y hay muchas misas diarias para que, quien vaya llegando, se encuentre con la fiesta del cristiano, la acción de gracias porque todo un Dios se hace pan…
Desde el principio me llamó la atención el planteamiento. Un sacerdote que quiere estar con la gente en los términos que pueden entender. Y me convence. Hay que hacerse comprensible, oler a oveja…
Y claro: esto me lleva a conocer muchas realidades de parroquias de alrededor. Y me cuentan que los párrocos ya no viven en las parroquias, que tienen muchas, que han de atender a sus padres…
Esto último me resulta curioso. Resulta que la propuesta que nos hace Jesús es abandonar casa y tierra; que quien deje madre, padre… (ya sabéis el resto). Y recuerdo también esa lectura en la que los pastores se pastorean a sí mismos. (Ezequiel 34).
Con toda la misericordia que creo que hay que tener, me parece que esta situación necesita una vuelta de tuerca: porque se le pide al Señor que envíe vocaciones, pero no se es signo; se ruega por los pastores mientras las ovejas campan por un huerto sin vallado.
Esta es una situación que, quienes nos sentimos llamados a proclamar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, hemos de interiorizar. En un tiempo en el que la debilidad se está apoderando de la iglesia, tenemos la oportunidad de nos haga fuerte: en su Amor, en su vida.