“Tenemos los políticos que nos merecemos.” Verdad verdadera donde las haya. Con el encabezamiento del presente escrito queda claro que hablaré de Carrot Man (en adelante Carrot), zanahorio para unos o el hombre naranja de pelo de mazorca para otros.

Estamos presenciando el juicio político de un presidente exhortando a sus hordas a ganar por cojones lo que se le negó en las urnas. Como los niños malcriados, de eso siempre ha sido un buen ejemplo, ha estado con una rabieta permanente porque no lo consiguió… “pero es que él quería ganar”. De ahí la rabieta.

Ahora, el partido republicano tiene dos alternativas. Y ninguna le beneficia: Una, votar en contra y así dejar la puerta abierta a que Carrot pueda ejercer cargo público, con lo que asusta a cualquiera que sepa contarse los dedos de una mano o que salga adelante el impeachment y sea deshabilitado de por vida para cargo público. Con este segundo, sus bases dejarían de votar a los republicanos. Eso significaría que algunos líderes de esa formación probablemente no sean reelegidos, perdiendo el estatus de líder y un pastizal en sueldos y prebendas.

Pues eso. Acostarse con el mismísimo Lucifer dando por buena una actuación que cuestiona en su base la estructura democrática, con lo que se sienta un peligroso precedente o Hacerse los locos y aliarse con el diablo para seguir gobernando, para no enfadar a los seguidores de Carrot.

Todo es una cuestión de poder. No tiene nada que ver con el fair play que debe presidir la política. Como se ha visto tantas veces, es un baile de putas; este baile es mucho peor porque las putas tienen honor: pero esta gente, no.