
“Que incluye o tiene virtud y capacidad para incluir, que es Poner algo o a alguien dentro de una cosa o de un conjunto, o dentro de sus límites”.
A riesgo de que me pongan calificativos muy de moda en esta coyuntura tan libertaria, voy a opinar con la prudencia que da la locura: cuanto más escucho hablar sobre la inclusión, más fronteras advierto que se levantan, más leyes se necesitan para explicar la realidad, más muros se construyen.
Creo que, como heterobásico hijo del Baby Boom, se me puede achacar que no comprendo las circunstancias, no soy capaz de ponerme los zapatos de quienes, adalides de esta noble causa, defienden la situación.
Bueno. Vale.
Yo creía que ser inclusivo era ser acogedor. Pero, cuanto más leo, escucho, más advierto como se afilan los cuchillos de quienes, afiliados a tales filias, desprecian todo aquello que no es inclusivo como ellos quieren. Y puede que sea torpe, pero no soy estúpido. Si la inclusión trae consigo la sinrazón y el litigio, no juego: me bajo.
En este orden de cosas, quiero que se comprenda y visibilice un dolor profundo y desconocido que muchos tenemos y al que nadie ha puesto voz. Los hipermétropes somos un colectivo denostado y humillado. Los miopes nos vituperan y humillan en los anuncios de ópticas y colirios. Llevamos tanto sufrido que lo hemos integrado como natural: pero ya es tiempo de levantarnos en gafas…
Y, como no podía ser de otro modo, termino el textillo diciendo que no soy inclusivo. No tengo ese adjetivo de moda entre mis preferidos. Yo soy católico, que comprende o es común a todos; no trazo líneas ideológicas: amando al prójimo como a mí mismo.
¿No es eso inclusivo?