
Parece que todo vale. Y yo creo que no. Después de una campaña en la que el desprestigio del otro se ha hecho dueño del vocabulario de los candidatos, descalificaciones de perfil bajo, que así se las denomina, se me llena de tristeza el corazón.
Y no es que me importe demasiado que se vistan de limpio: Allá ellos si lo más interesante, en vez de hablar de programa y proyectos, que pueden decir es: “Y tú con esas gafas”…
Y es que insultar es despreciar. Creer que tienes más derecho que el otro y, por ello, tienes la prez de descalificar, mentar a la madre o mentir sin más: Es de bajuno, barriobajero y despreciable. Y, sin embargo, se utiliza a discreción.
Insultar parece inocuo, pero es un arma de destrucción masiva. Destruye, dentro de quienes son insultados, las pocas ganas de hacer camino con el insultante. En quienes escuchan, pues sus líderes hacen uso de una técnica que luego ellos exportarán a sus vidas, de una forma casi inconsciente. Y tiene efectos retroactivos, pues el insultador perdió algo en el camino que le advertía de que, tratar así a los contrincantes, no está bien. Alcanzar el poder a cualquier precio, no mola.
Y tenemos insultadores de primera división en el panorama actual: Por acción y por omisión, violentan al igual.
Para mí, lo peor es que son palabras; esas palabras que son creadoras de horizontes crepusculados de malva y naranja, dibujantes de besos en blanco y negro en los poemas; incendiarias cuando la dignidad de los hombres es pisoteada y sólo están ellas para acudir en su defensa. Bálsamo cuando aún las heridas están frescas.
He buscado el antónimo de Insultar y me aparece, en primer lugar, Alabar. Sería maravilloso que, quienes gobiernen, no sólo insulten; Corrijo: Que no insulten. Que alaben al contrincante y aprendan de sus aciertos, elogiándolos; enaltezcan las verdades, admiren sus ideas, De ese modo, el gobierno será siempre en positivo y no sólo en contra.