
Y ahí estaba Juan, el bautista; con su modelito cámel y su sustento habitual, saltamontes salteados (ja, ja). Llamando a la conversión desde el Jordán, río milagroso objeto y sujeto de milagros, digo: lavando pecados y, de paso, el sobaco de cualquiera que se le pusiera a tiro.
Y ahí estaba Jesús, Jesusito de mi vida; tentado por el maligno, no se le ocurre otra cosa que ir a ser bautizado por su primo. Era la oportunidad de poner en contacto dos realidades totalmente distintas amparadas por el agua y la familia.
Un objetivo: “Amar al prójimo como a ti mismo”. Un condicionante: La tradición. ¿Cómo hacer nuevas todas las cosas?
El primer paso fue el reconocimiento de Jesús a Juan en el Jordán: pasado y presente y futuro encarnados en dos figuras con el agua a la cintura. Agua que purificaba, lavaba y borraba todas las mentiras de un proyecto en pausa hasta que llegó el esperado.
Y fue en un río, que nunca es el mismo, siempre nuevo, donde se escenifica la vida desbordante del proyecto de Dios para todos. El hombre que habita el desierto abre la puerta al hombre nuevo: esperanza, como torrente en crecida, como imparable fuente de luz.