“Hábito, modo habitual de obrar o proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos y que puede llegar a adquirir fuerza de precepto.”

En los tiempos que estamos viviendo, creo, están adquiriendo fuerza de precepto la mentira, la división y el ruido. Se concede verdadera capacidad, como razonable, a lo que, simplemente, es repetición: bochornosa y atronadora hasta atontar al más pintado.

Aun viendo la bondad que se está sustanciando en ríos de gente ayudando a quienes todo lo han perdido, la perversión de los robos, de los engaños hacen su agosto en el río revuelto de la desesperación. Quien se aprovecha de tanta tristeza, no puede tener perdón.

Pero lo tendrá. Porque el molino de la desmemoria, de la subvencionada pleitesía a quienes detentan el poder y no lo ejercen con sabiduría, triturará todo recuerdo: se rendirán homenajes, se erigirán monumentos a los que ya no están, se derramarán lágrimas de pegamento desde la cartelería que nos prometerá que todo va a ir bien.

Pero tras el COVID, la guerra de Ucrania, el genocidio palestino a manos de los judíos, la connivencia de los Estados Unidos, me da la sensación de que nos hemos acostumbrado a vivir el dolor de otros en diferido.

Y, cuando nos toca mucho más cerca, cuando nuestros hermanos valencianos, lanzan barro a las autoridades, hemos de recordar que los ancianos en los asilos donde murieron solos, los palestinos y ucranianos, son todos hermanos nuestros también.

Es más que necesario vivirlo como si de mi propia familia se tratara. Es, me parece a mí, la única manera de formularnos las preguntas antes de que la muerte limite las respuestas: antes de que el fin de muchos haga del Alzheimer social, la preceptiva costumbre.