
El modo de vida que tenemos quienes podemos elegir, aseveración cuestionable, es justo eso: fruto de nuestra elección. Las obviedades son lo mío y decir que los hijos de los señores feudales tenían muchos números para ser señores feudales no es una estupidez. Como la de ser esclavo: e hijo de esclavo. Ahí lo dejo.
“Mientras que la noble recibía la noticia de que acababa de dar a luz un lustroso protonoble, la esclava paría un esclavito a escala.”
Pero ¿y si verdaderamente tuviéramos la capacidad para decidir? ¿Y si la tenemos? ¿Y si podemos mirar en el espejo y ver que el reflejo que me devuelve no es lo que me gustaría ver y ese hecho me hiciera salir de mi zona de confort? ¿Y si las cosas que he creído durante toda mi vida no son, en forma, lo que el fondo propone? ¿Y si el chasis del coche no se corresponde con el motor que necesito?
Si no promuevo en mi interior la novedad que puede hacer que sea en la tierra como en el cielo, nos condenamos al eterno devenir: circular, destructivo, despersonalizante y alienante…
Si una herramienta sólo sirve para envanencerse de lo buena que es, pero no es útil, ¿no será cuestión de cambiarla, hacerla evolucionar, volver al amor primero, buscar la raíz?
Ayer asistía a una discusión en la que se hablaba de los deberes de la religión. De cualquiera. Y creo que cualquiera religión que imponga deberes y cumplimientos para la mejor consecución de una vida recta, es como hacer una pócima en la marmita de Panorámix.
No hay recetas. Si los frutos de nuestra religión son cumplimientos, la religión es opio, una esclavitud, jaula para el Dios de la vida.
Si verdaderamente lo que creo, trae consigo frutos de vida, entonces, sólo entonces, la Esperanza es un buen estado: una actitud que se alimenta de la fuente viva.