Si por costumbre amé, Por costumbre olvidé

Si por costumbre amé, Por costumbre olvidé

La fuerza de la costumbre es mi guía y mi lumbre

Llevo algún tiempo sin escribir nada. Y no es que no haya nada sobre lo que escribir: es que me he acostumbrado…

En verano, me acostumbré al olor de la alfalfa recién cortada: fragante, lo inunda todo; al ruido de los coches pasando por la carretera al lado de casa, al ladrido de los perros del vecino, a la música a todo trapo de la casa de al lado… Y, lo peor del caso, es que me acostumbré a ver las ruinas de Gaza, a sus bolsas blancas con seres humanos dentro, a sus fosas comunes: a las bombas sionistas y sus risas cuando los colonos apalizan en Cisjordania a los palestinos con total impunidad.

A la guerra ucraniana, tan lejana, amenazadora… me acostumbré al cinismo ruso, al europeo: a la ramplonería trumpista, su baile estúpido, que no es baile sino la demostración de su rigidez absurda: constatar que la autonombrada mayor democracia del mundo está dirigida por las corporaciones.

Me acostumbré a los escándalos sexuales de la iglesia, a las mujeres asesinadas por violencia machista, a los de la violencia vicaria, a la pobreza aún teniendo empleo. Al desprecio al inmigrante, al aplauso condescendiente de los sicarios de los ganadores…

Hay mucho de lo que escribir. Pero, lo que sí puedo vivir es con ilusión: con la decisión diariamente renovada de vivir en función de los valores del Evangelio. Eso lo puedo hacer.

¿Te apuntas?