El evangelio de hoy habla de una mujer que llevaba una jartá de años enferma y que tuvo la fortuna de encontrarse con Jesús en sábado. El hijo de Dios hizo lo que tenía que hacer: curarla. Y el jefe de la sinagoga hizo su trabajo: poner el grito en el cielo pues siete días tiene la semana para curar enfermos, resucitar muertos o caminar sobre el agua y, mira tú por dónde, se le ocurre curar el día dedicado al Señor.

Y no le faltaba razón al sinagogo jefe. Las leyes existen para poner orden y concierto. Pero, como pasa casi siempre, cuando hay leyes, o se promulgan, es porque el individuo no es muy consciente de su existencia y de la responsabilidad que ello conlleva para con el resto de sus hermanos. Y se dictan leyes, y leguleyos las escriben, para definir perfectamente qué es un triángulo, qué un lado y qué un vértice…

¿Qué nos queda pues? A Jesús de Nazaret, hijo de María, pensando que el sábado es un buen día para hacer el bien. Por extrapolación, pregunto: ¿Qué hizo el papa Francisco en sus declaraciones sobre la familia homosexual? Los acogió, pues es la iglesia, la casa de todos. ¡Imagínate que tuviéramos que cumplir todos los requisitos, objetivamente hablando, de pureza, todos y cada uno de los hijos de Eva para poder ser amados por quien es todo amor! Todos con las manos limpias, la mascarilla puesta, la ropa interior limpita y más limpito el corazón; con una actitud de acogida comparable a aquella que, cada uno de nosotros, le pone el adjetivo de excelente…

Todo argumento que excluye por decreto a un solo hijo de Dios es erróneo. Quizá pueda ser un aviso a navegantes, una luz de seguridad en la escalera del cine. Pero es sólo eso: Un aviso. La única ley es el amor. Todo lo que va más allá, como dice la palabra, no tiene nada que ver con la ternura del padre Dios.