
Justo después de ocurrir, te das cuenta de lo mucho que usas el dedo que te acabas de machacar. ¿Cómo es posible que se use tanto y no sea consciente de ello?
Esta ficción, no lo es en múltiples ocasiones, nos muestra nuestra fragilidad. Pero también enseña lo que la costumbre hace de nuestra percepción. Lo que siempre está, lo que parece no cambiar nunca: es el equilibrio por la que transitamos, la red que nos protege…
Siendo algo prudente, la plena consciencia, es un estado deseable: ¿posible? Quizá. Yo no he tenido experiencia de ser todoconsciente. Ahí andamos. Lo que sí estoy aprendiendo es a ser agradecido, pues es un estado que me permite sustanciar momentos y experiencias que, a veces dulces, a veces amargas, me mueve a darme cuenta.
Y, como decía la película, los únicos paraísos son los perdidos. La construcción es casi inconsciente: pero la pérdida es un velatorio, pues contemplamos el cadáver de aquello que vertebraba toda la vida…
Viendo el cadáver yacente, de cuerpo presente, me atormenta la inevitabilidad de lo que está ocurriendo; y la tortura de si lo podría haber evitado.
Aquella fue la vida que tuvimos, sí.
Llegado a este punto, procuro contemplar; alejarme del infierno de haber podido y no haberlo hecho y hacer, para que mi vida no sea un lamento. Me quito el traje de plañir y me calzo las albarcas de sembrador, de padre, marido, compositor, ciclista y fregador de suelos entre otros. Todos ellos son oportunidades para corregir lo posible, aprender del error y soñar el futuro.