En esta coyuntura que vivimos, lo más evidente es la polarización. Antagónicas vidas que se oponen desequilibradas, cargadas cada una de ellas de poderosas razones para mantener sus convicciones desde un plano sintiente. Y resulta conmovedor cómo todos creen que, para vencer hay que luchar, derrotar al contrario.

Y millones de muertos avalan lo contrario. Desde el primer cantazo, primer neandertal edema cerebral, no hemos avanzado mucho.

Creo que lo más difícil es comprender que, quien tengo delante, soy yo mismo. Y que, la única lícita guerra que apoyaría, sería la tentación de luchar contra otro que no sea yo mismo. Y me diréis que es una gilipollez galáctica. Pero, observad: no estamos mejor que hace cuarenta años, ni ciento, ni mil… Luchar hacia afuera, contra el otro, es el deporte más practicado y menos útil. Sólo es gasolina para el próximo conflicto.

Recuerdo un dibujo de Ibáñez en el que se veía un hombre en medio de una playa, enrojecido por el esfuerzo, levantándose a sí mismo mientras levitaba un par de palmos sobre la arena. Decía el dibujante que era el hombre más fuerte del mundo pues se podía levantar a sí mismo. ¿Ridículo? Es otro punto de vista.

De la misma manera que no soy capaz de concebir un río con una sola orilla, creo atisbar que el verdadero conflicto se ha de dar en lo profundo de cada uno de nosotros: en lo profundo de mí. Así no intentaré vencer al otro, sino que me limpiaré de mentiras, de argumentos falaces que me impiden mirar adentro.

Es mirar a los ojos de la tentación de culpar de mis fracasos, mis dudas, mis miedos, al otro y darme, cada día, la oportunidad de construir una vida consciente. Si lo soy de mí, lo seré de los demás.

(*) Luchar