Yo creo que el mayor peligro que tiene leer es encontrarte con alguien que se hace las mismas preguntas que tú, pero desde las páginas, tras la reflexión y el contraste vital, de un libro. La infinita soledad que cada uno siente… o el vacío, sin más, se ven reflejados por un desconocido que habla en otra lengua al que entiendo porque ha habido un solícito traductor que lo ha traído a mi comprensión lectora.

Por eso, es importante que no se lea. No leáis. Es primordial, para la perfecta división de la partícula subatómica que es cada individuo, que siga pensando que no hay nadie que sienta como él y que, por tanto, ha de construir un bunker en el que meter la cabeza, el culo o lo que quepa, a llorar su desgracia. Que no es otra que pensar que “donde yo no me hallo, no se haya hombre más apenado que ninguno”.  (poema «Umbrío por la pena» de Miguel Hernández.)

Digo más: no os reunáis si no vais a beber ingentes cantidades de alcohol. Si no lo hacéis de ese modo, cabe la posibilidad de que haya puntos de encuentro, argumentos gratuitos con altísimo valor y gran carga de verdad. El alcohol hará que parezca un sueño, una bruma, un imposible…

Poned nombres estúpidos a lo que siempre ha tenido un nombre conocido. Así parecerá que es algo nuevo: algo que descubrir como si nunca hubiera visto un amanecer. Así, todos los días, lo más antiguo parecerá nuevo, ignoto, obligándonos a reformular todo de nuevo: sin aprendizaje, sin sabiduría…

Y consideraremos que la guerra es necesaria, que los muertos son daños colaterales, que hay pueblos elegidos, fuego amigo, bebés asesinos, hospitales peligrosos, parturientas terroristas…

Recordad los nombres de aquello que conocéis. No permitáis que se instale esta posverdad, esta realidad mutante que nada cambia y todo duda.