Hoy, horas antes de que nuestro amado líder decida qué va a hacer tras cinco días de reflexión, me pronuncio sobre el asunto.

Primero y como buen autónomo, certifico que no todos somos iguales; algunos, pueden tomarse cinco días para reflexionar pues tienen el sueldo sobradamente asegurado.

Segundo: veo cómo los partidarios del glorioso líder salen a las calles pidiendo que no se vaya, que los siga liderando hacia el dorado futuro que les depara su pastoreo. Sus ministros, viendo peligrar el chollo de serlo, le manifiestan su pleitesía diciendo, incluso, que es el “puto amo”. No dicen de qué: si de la tragedia o de la comedia… pero bueno.

Tercero. Al servicio público se llega cagado y meado. Si no es así, no te metas: No pidas clemencia con tu vida cuando no la practicas con nadie. Me parece que, quien siembra vientos, recoge tempestades.

Y, todo esto, lo planteo desde el punto de vista del ciudadano que mira cómo los trileros hacen juego. No tomo partido por ningún partido. Como he hablado en alguna ocasión, cuando la corrupción es parte innegociable de la política, no hay nadie a salvo.

Yo quiero para todos y cada uno de los que nos representan que se miren en el espejo y certifiquen si se reconocen en la imagen que se les devuelve.

Como describió Marvin Harris en el librito “Jefes, cabecillas y abusones”, aquellos que buscan el liderazgo, en muchas ocasiones, son aquellos que, faltos de afectos y de toda virtud, se lanzan al supuesto servicio del pueblo para obtener ambos. Se esfuerzan denodadamente por demostrar que son buenos servidores del pueblo. La diferencia que se advierte entre lo descrito por Harris y el presente caso es que nuestro líder no hipoteca nada personal, mientras que los casos descritos por el autor muestran una implicación absoluta.

En fin. Hay que leer. Y, sobre todo, recordar que, rendir culto en vida a un líder, es más propio de Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela, China o de Rusia. No sé…