Me encanta la RAE. Con sus definiciones tan asépticas, tan esplendorosas, limpias… No sé. Bueno.

La cosa es que he buscado maquillaje y me ha dicho que es la resulta de maquillar: “aplicar cosméticos a alguien o a una parte de su cuerpo, especialmente su rostro, para embellecerlo o modificar su aspecto y/o modificar la apariencia de algo para disimular su verdadera naturaleza”.

Y es que tengo un buen amigo que me dijo el otro día: “La liturgia me enamora cada vez más”. Y debe ser algo maravilloso porque lo tengo por hombre cabal y leído. Cuando habla de ella, es un apasionado, reconociendo los signos y los vericuetos de cada color; cada razonamiento de lo que se orquesta frente a los fieles…

Y siempre le digo que, si la liturgia no se entiende, no sirve para nada. Es como hablar con alguien que no comprende tu idioma: por muy bello que sea, no me entero de nada porque los códigos son en klingon traducidos del sumerio con trazas egipcias.

Es por ello que me parece fantástico que haya gente que comprenda la liturgia como expresión de lo sagrado. Que todo tenga fundamento. Pero yo sigo pensando que, siendo lo que es en los tiempos que vivimos, es como construir tres tiendas en el monte Tabor, arrobados por la belleza de la aparición relatada en el Evangelio.

Es maquillaje. Y digo esto porque estoy acostumbrado a ver gente maquillada que lucen perfectos; pero, cuando se desmaquillan, deslucidos, aparecen pálidos; sin lustre, casi irreconocibles, parece que le faltan cosas, como sin sangre, tú…

Y no. La Buena Noticia siempre es buena: con y sin maquillaje. Con y sin liturgia. Y, si la liturgia es un obstáculo para reconocerla, si tras quitarla nos hace que percibamos el Evangelio como sin vida ni colores, es una herramienta prescindible. A la superlativa alegría de Jesús de Nazaret, no se le puede añadir nada.