Quien quiera hacer un experimento sociológico, creo que debería plantearse ir a un centro de salud; por la mañana a ser posible, cuando hay que ir a enfermería a sacarse la sangre o lo que sea oportuno. En ese caldo de cultivo, los diferentes especímenes se comportan exactamente como se espera de ellos.

Está el que, prudente y paciente, espera sentado su turno. Lo hace tras haber dado los buenos días y preguntado quién es la última, aunque todos sean tíos; está también el sujeto que se acerca a la puerta y llama y, tras no obtener respuesta, pregunta ¿hay alguien? Este pozo de sabiduría cree que los que estamos esperando lo hacemos por las vistas (!!!) Y está un individuo que es clásico: aparece sin volante, sin cita y hablando muy fuerte para que todos se enteren. Con una evidente falta de respeto al silencio que se ha de guardar en lugar público, y porque lo pone un cartel justo delante de él, quiere colarse pues sus males son terribles. Mmm. No sé.

Y luego llega la enfermera a la que, cual buitres sobre la carroña, los dos últimos individuos previamente citados, atacan sin piedad. Ellos, acostumbrados al acoso, abren la puerta y la cierran tras de si, con un gesto de fastidio. Los ignorados, cargados de razones, hablan de la mala educación de la enfermera, de lo mal que está la sanidad y de cómo le aprieta la faja a un herniado que ha pasado por delante de ellos.

Me centraré en el comentario sobre la mala educación. Hay un axioma universal que dice “Lo que más te molesta de otros es lo que más te molesta de ti”. El maleducado es hipersensible a la mala educación de otros semejantes. Por ello, es un magnífico detector de aquellos: pero no de sí mismos; dicho todo esto, procedo a mi alegato final.

Doy gracias por el servicio público de salud. Nos atienden sí o sí y calman nuestros males corporales. Por el inestimable trabajo que hacen apaciguando nuestros infiernos personales, prestándonos una atención que ya no recibimos en casa por ser insoportables, insufribles; porque trabajan más allá del deber, la gran mayoría con el error de paralaje que suele haber en las estadísticas, y nos hacen sentir…………… bien.

Entonando pues mi propio mea culpa, debo ser un absoluto gilipollas, pues soy hipersensible a situaciones que exceden de la buena educación, rayando en el absurdo. Debo, por tanto, ser un maleducado, un grosero, faltón…

Pido perdón a todos los que, de algún modo, padecen las consecuencias de mis decisiones vitales. Prometo poner todos los medios a mi alcance para ser mejor persona.