
El Esperpento. Maravilloso género donde los haya. Lo practicaré un poquito en este texto.
Y es que me encanta ir a las fiestas patronales y ver cómo se llena la iglesia parroquial de seres particularmente fantasmales, pues desaparecen el resto del año. Como aparecidos, refulgen las medallas, resuenan los abanicos golpeando las perlas sobre el escote, dando ritmo al evento. Y digo más: Me encantan los campos llenos de latas de cerveza, de botellas vacías, rotas; los cubos de basura vomitan pues, tras dionisíaco festín, tienen que potar el contenido que no pueden aprehender. Gracias Señor por nuestro santo patrón.
Cómo no mencionar el regocijo que experimento cuando veo cagar a los perros mientras sus dueños caminan delante, sin llevarlos atados, y se alejan hablando por el móvil, inconscientes de la feliz deposición del cánido. Lloro de alegría cuando veo caer desde las ventanillas de los coches pañuelos usados, cajetillas vacías, envoltorios de madalenas y ceniceros incontinentes…
Magnífico, pienso, cuando la gente grita “que te calles”… Y cuando una madre reprende a empujones a un niño pues ha golpeado a su hermano, haciéndole consciente de que la violencia no lleva a ningún sitio.
Henchido el corazón late cuando un mendigo roba a otro mendigo; cuando un negro llama negro a otro; cuando hay una ruta de puertas de iglesia para los profesionales de la mendicidad. ¡Qué grande es nuestro país!
Y, arrobado el alma, complacido por tanta bondad, constato cómo los frutos del espíritu se excluyen dentro de mi propia casa, la iglesia, pues algunos verdaderamente, son la iglesia.
Lo que hacemos con estos, los más pequeños, a Dios mismo se lo hacemos. Mi manifiesta incapacidad para reconocer mis errores, me hace huir hacia delante, para no reconocer las consecuencias de mis actos, para culpar a otros.
Menkanta culpar a otros de mis pecados.
(*) Género literario que se caracteriza por la presentación de una realidad deformada y grotesca y la degradación de los valores consagrados a una situación ridícula.