El nombre del presente texto induce a error. Me podría referir al planeta que está más cerca de nuestra estrella, el Sol, como también al mensajero de los dioses… Pero no. Me refiero al metal líquido. Elemento de la Tabla Periódica fascinante donde los haya, de la zona de los metales. Hijo del Cinabrio, cuanto más lo miro, más me gusta.
Trabajé durante algún tiempo en un laboratorio de control de procesos intermedios y fue la primera vez que vi una cantidad grande, 1 kilogramo, de Mercurio. Era un botecito pequeñito de plástico translúcido blanco. Me parecía asombroso que algo tan pequeño, pesara tanto: 13,3 gr/cc. Un kilogramo son 75,2 cc. Apasionante.
Pero no es el Mercurio el que promueve esta reflexión. El domingo pasado estuve en la celebración del Corpus Christi. Y presencié una puesta en escena decimonónica, por no irme más patrás, y cómo se desperdiciaba la posibilidad de hablar de esperanza para hablar de lo sagrado, de lo divino, del pecado y de la penitencia para llegar al cielo y demás familia. Gentes blandiendo bastones con puntas plateadas coronados por símbolos de hermandades y fraternidades; eran portadas por señores con traje y medalla de gran tamaño sobre el pecho acompañados de señoras con palo, medalla, traje y peineta. Todo para comunicar a quienes entienden el código que era el momento de pasear por las calles de la ciudad.
Y constaté de nuevo cómo hay ideologías encontradas, si no en litigio, dentro de la madre iglesia. Formas y liturgias que rezuman pretéritos perfectos, sin conexión; gestos delimitando fronteras, creando vallas en el mar de la misericordia, de quien es todo Amor, en su nombre.
Gotas brillantes, móviles, rápidas y fascinantes que, pudiendo unirse para buscar el Reino de Dios y su justicia, siguen renombrando la realidad, bautizando paisajes conocidos con nombres de nueva creación o rescatados del baúl de los recuerdos.
La metáfora del Mercurio es que es único. Como el mensaje de Jesús. Cuando se van uniendo va creciendo en una unidad perfectamente reconocible, reflejando todo lo que hay a su alrededor: consciente de ello, diría yo. Sin fronteras, acoge a todos los que, de algún modo, han tenido un encuentro con el Amor y que, si quieren, son acogidos.
(Un detalle increíble es que, en una balsa llena de Mercurio, una esfera de plomo flota. Una maravillosa imagen de hasta qué punto la unidad desafía la ignorante lógica.)