
A través de historias, leyendas de más allá del horizonte; me hablaron de lugares increíbles, costumbres curiosas, distintas… Y quise saber. Me dirigí con paso firme hacia la frontera, un lugar a partir del cual las cosas cambiarían pues era otro país; había una valla y un palo que subía y bajaba al paso de los coches y viandantes. Hubo un momento, al cruzar el borde, en el que mi pie izquierdo estaba en una nación y el derecho en otra. Mi primera impresión fue de desconcierto, pues no advertí gran diferencia en el aire ni en el paisaje. El azul del cielo era tan azul como el que recordaba de días pasados en mi tierra. La gente parecía buena.
Seguí caminando, observando a la gente que ostentaba una nacionalidad distinta a la mía. Y, oh sorpresa, departían amigablemente entre ellos igualito que nosotros, como cuando se encuentran los amigos y comentan el partido, tú sabes; intenté buscar las diferencias que hacían de aquel lugar diferente, pero reconozco que no fui capaz.
Y comprendí que la frontera, la ficticia línea que divide la superficie terráquea y hasta la Astenosfera, diría incluso que llega a la Ionosfera, era una convención adoptada por la fuerza para confinar, jaja, al viento, las nubes, las canciones y los silencios. Es curioso: la gente guarda silencio igualito que en mi ciudad. Hablan en otro idioma, pero ríen igual que nosotros. Bostezan y duermen de idéntica forma. El hambre les suena igual en sus tripas y abrazan con la misma necesidad y fuerza que todos nosotros, queridos lectores.
Mi país es esférico. No reconozco las diferencias entre uno y otro territorios al cruzar las fronteras y, cuando voy recorriendo los valles, se desdibujan las diferencias pues estoy inmerso en un todo distinto y, a la vez, igual que mi tierra patria, donde nací. Si camino durante mucho tiempo, vuelvo al lugar de origen. A la falta de luz la llaman noche en todos los idiomas y a la presencia del sol, día; Lo que la historia recuerda en los libros son pesadillas en las que los hermanos pobladores de estos valles derramaron su sangre por quienes nunca lo hicieron por ellos: más bien por certificar la diferencia y no aquello que unía a todos y cada uno de los que labraban la tierra.
Los camposantos no entienden de nacionalidades, idiomas, ideologías… La tierra acoge a sus hijos y los devuelve al lugar de donde vinieron. ¿Hasta cuando la diferencia será la ley? ¿Cuándo permitiremos que los cantos de los pájaros dejen de tener nacionalidad para seguir haciendo de los cielos su carretera, de vuelta a su hogar? Aprendamos de ellos, que no saben que hay fronteras.
(por si no lo habéis notado, el presente texto es aplicable a ideologías, religiones y demás familia dividente)