
“Angustia por un riesgo o daño real o imaginario. Aflicción, congoja, ansiedad. Temor (Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso) opresivo sin causa precisa.”
Nada bueno. Sentir miedo no es una situación halagüeña. Me da que no es la que uno buscaría para decidir: o para vivir.
Y, cuanto más contemplo la realidad que vivimos, más percibo que es el miedo, autoinfligido o inoculado, la tiña que va coloreando nuestro ánimo. Si te fijas en el campo político, no se habla de ideas ni propuestas; los programas no existen. Sólo se habla de que nosotros haremos lo contrario que el otro. Y el argumento para sustentar tal derroche de inteligencia es que, si no le votamos, será mucho peor.
En el caso de la política exterior, la relación de los países es lo mismo. Un país como Rusia invade Ucrania argumentando que hay nazis en el poder. Después culpa a Europa de que se ha visto obligada a hacer esto porque se siente amenazada ante la posibilidad de que Ucrania pertenezca a la OTAN. Y, lo más gracioso, es que quiere poner las condiciones de paz a su conveniencia y utiliza como medida de presión, las armas atómicas que tiene. Lo mismo China. Lo mismo Corea del Norte. Lo mismo, Israel. Lo mismo Estados Unidos.
Los gobernantes no han aprendido de la historia. El miedo presente es la semilla del futuro. A pesar de constatar reiteradamente que el miedo no fue nunca un buen argumento, se sigue apelando, como si el resultado fuera a ser distinto.
Hay una película infantil en la que el miedo infligido era la energía para las máquinas de los que asustaban. Al final, hago spoiler, se dan cuenta que la risa es mucho más productiva, mucho más potente. A tenor de esta película, sugiero que propongamos el Amor como alternativa al miedo. Nadie que ama puede hacer daño. Quien ama, está dispuesto, siempre a perdonar.
¿Probamos?