Feos. Feos de cojones. Así son los monstruos en su estado primigenio. Cuando uno los ve, sale corriendo; pero, sobre todo, tomas la decisión de que es algo que nunca serás. Nunca. ¡Ay! ¡Qué palabra Nunca, verdad!

Los monstruos son seres degenerados. Vamos: que previamente eran otra cosa y que involucionaron en lo que se ve. Purulentos, con cuernos, dientes con un sarro que da mucho miedito… Escasos de vocabulario y con graves problemas de garganta, pues hablan como si, en vez de cuerdas vocales, tuvieran papel de lija. A lo que iba: Degenerados. 

Y es curioso que, en la historia, haya más monstruos que santos, ahí cuelo la segunda parte del título; es mucho más sencillo dejar de ser humano, abandonarse a la pulsión de los deseos, de la barbarie, de la violencia y la crueldad en la que se cuecen semejantes individuos. Y digo más sencillo porque lo único que no hay que hacer es pensar, que es lo que nos hace parte de la Humanidad. Punto y aparte.

La santidad, por definición, es buena. (RAE Santo: De especial virtud y ejemplo) Pero exige consciencia de ti, a la par que una voluntad de evolucionar hasta conseguir tu mejor versión. Y eso es cansado. De cojones, como los feos del principio del texto. Cansa mucho tener una consciencia permanente, vivir en función de aquello que decides y poner freno a la tentación de dejarte llevar, permitir que el monstruo, siempre atento, crezca en tu interior, te devore: las entrañas y las convicciones: las que te hacen vivir creyendo, con esperanza. Sin ahorrarte un problema, pero en paz. (a ratitos). 

Uno y otro modos de vida, los anteriormente citados, son alternativas viables. Que cada cual elija a quién culpará de su existencia: si a la decisión de dejar que el reverso tenebroso te posea o que la búsqueda sea el camino; la luz, el objetivo. Mucha, mucha verdad. Punto y final.