¡Lo que nos gusta celebrar! Cualquier excusa es buena para montar un fiestorro. Sea por lo que vendrá, sea por lo que fue, se encuentran buenas razones para encontrarnos, comer algo, beber también algo pues no ha de faltar la sangre de Cristo… Y bueno.

La cosa es que las celebraciones, así lo voy percibiendo con este colesterol tan contenido que disfruto, tendrían que servir, no tanto para dar gracias por lo que fue, sino por los frutos que están esperando ser evidenciados: por los celebrantes, actores activos, de facto que, en las celebraciones, se tornan en presentadores y anfitriones cuando habrían de ser, como he mencionado, los héroes de hoy, los encarnadores de una realidad que fue: pero que puede, aún, ser.

Y no puedo dejar de mencionar a todos los que, hoy, inventan la rueda, formulan la ley de la gravedad o certifican la humedad del agua. A todos aquellos que son voceros de lo evidente, pero que le ponen su nombre para otorgarle cierta novedad. Son los pastores en el belén, la zambomba en los villancicos y la botella de anís en el percusionista.

Lo siento. Estoy un poquito harto de hablarines que se atribuyen hazañas que no son suyas. Cansado de reflexionadores de lo obvio, aprovechando el desconocimiento de la gratuidad del Evangelio por parte de los receptores de sus palabras, muertos de hambre de la verdad del Evangelio.

Pues eso: ante la evidente falta de ideas, sacamos precuelas de la santidad de nuestros fundadores: también spin off de los que los acompañaron y películas en las que los actores están buenísimos y son más buenos que el pan de molde, aún en la más profunda negrura, noche oscura del alma…

A todo esto, me parece, que lo más coherente sería romper la baraja, redefinir las relaciones, apostar por la providencia, divina donde las haya, que dará aquello que nos hace falta para ser sal y luz en el mundo. Dejar la tortícolis nostálgica y rogar que la parresía, audacia para los amigos, nos habite.