
Oferta y demanda. Simple. Ese es el genoma de nuestra sociedad. Fácil de decodificar, ¿verdad? Pues nada. Partiendo de esta nada complicada idea, comienza mi fabulación.
España tiene capacidad para fabricar EPIs a cascoporro. Y también tests de detección del Covid- 19. Pero, si los fabricara para consumo interno, el flujo de capital se quedaría en el tejido empresarial español. Y, como he dicho anteriormente, hay que favorecer el Cash flow entre países amigos o proveedores habituales. De ese modo, el dinero español se dirige a ellos con los consiguientes impuestos, para el estado por supuesto, y las comisiones, inevitables peces piloto de toda transacción.
¿A quién interesa este modo de actuar? A los que gestionan, porque todos pillan. A las empresas distribuidoras, pues pagan y son pagados, en la ficción de galiléica de que se mueve la pasta.
¿A quién perjudica? A corto plazo, a todos los que necesitan los suministros; que han de ser de calidad (y no siempre es así). A medio plazo, perjudica al tejido productivo de nuestro país, pues no es rentable mantener la cadena de producción cuando otros fabrican más barato, pero no necesariamente mejor…
Esto, por si no os habíais dado cuenta, es una guerra. Pero, parafraseando a Schindler, “el mismo negocio en tiempo de guerra es mucho más lucrativo que en tiempo de paz”.
No es nada personal. Son sólo negocios. Los muertos, los apestados a los que no se les hace tests, la necrosis de nuestro tejido comercial minorista y esas pendejadas, son sólo daños colaterales: Bajas necesarias para que el dios del dinero reciba sus sacrificios humanos y siga alimentando a la bestia que devora todo lo que toca; el planeta, la mano de obra y la conciencia de quienes creen que ganar más es ser más.
P.D. “Era un hombre tan pobre, que sólo tenía dinero”