
¿Qué supondría asumir las tesis del Evangelio en nuestra vida? ¿Acaso deberíamos hablar en Arameo antiguo, ser pescadores, quizá tejedores de lonas? El cambio de vida al que somos llamados es una revolución destructiva de roles o, a lo mejor, la encarnación de propuestas que no están lejos de la realidad.
Cuanto más lo pienso, más creo que la educación es primordial en el proyecto de Jesús. Es eso de la lectura en la que dice que ni una sola coma de la ley dejará su vigencia… Es cierto que somos hijos de la costumbre, de los porsupuestos, de la repetición armónica simple de actitudes muy bien consideradas. Pero creo que, la vida que no genera vida, que pare hijos estériles, clones de sus padres, de sus filias y fobias, no se parecen al Evangelio.
Y no hablo de una vida evangélicamente perfecta, con todo lo que la perfección tiene de error objetivamente hablando, sino de una perfectamente evangélica: en la que la negación de Pedro coexiste con la resurrección de la hija de Jairo: los cuarenta días de desierto con la multiplicación de los panes y los peces.
Donde no hay excusas para perdonar los errores que cometemos, conscientes de su falibilidad e infidelidad a lo que decimos creer, vivir… Hay que amar mucho para saber perdonar de corazón: porque, a la postre, es amar de lo que se trata.
El Evangelio no es la carta de naturaleza por la que podemos hacer lo que nos dé la gana conscientes de sus repercusiones y sin ninguna responsabilidad: amparados en la misericordia del todopoderoso. No. Es asumir nuestro origen, inteligente y empático, que no hace discriminaciones en base a suposiciones. Es amar al prójimo como a ti mismo. Cada uno. Cada uno. Cada uno.
No es que el otro te ame a ti: es que tú has de hacer lo mismo. Aunque sólo sea por egoísmo, es un buen negocio, seas creyente o no.