Los modelos atómicos han ido cambiando con el tiempo. Desde Demócrito de Abdera, pasando por Dalton, Thompson, Rutherford, Bohr… La lista es extensa. Todo para explicar la aparente simplicidad de la materia, que esconde universos inexplorados. Partículas subatómicas que van dando color a una paleta infinita de posibilidades, pero, todos, con algo en común: el sorprendente equilibrio dentro de una diversidad aún por determinar.

Y todo esto para hablar de que, el otro día, escuché una afirmación que me sonó distinta. “No hay un autista igual a otro”. No sé si debería haber dicho espectro autista, que hay que andarse con mucho ojo en la terminología, pero es curioso como mi mente tiende a unificar en grupos homogéneos aquello que tiene una diversidad apabullante.

Y es que no es sólo mi cerebro el que intenta minimizar el trabajo de clasificación: la Humanidad, por defecto, ubica en grupos aquellas identidades, comportamientos y creencias que son similares. Así, un vietnamita y un camboyano son chinos. Todos los habitantes de África son negros.

Volviendo al tema TEA: Ninguno se parece a otro. Pueden tener comportamientos relativamente parecidos…

Y me dio por pensar que este grupo es una metáfora de todos los hijos de Eva. No hay ningún ser humano igual a otro. Tenemos rasgos comunes. Mis hermanos y yo somos parecidos: pero tenemos, cada uno, ese punto diferenciador que establece la maravillosa identidad que me hace único. Y es entonces cuando siento que la necesidad de simplificar, de no tener en cuenta los detalles, la paleta de color, hace que las modas unifiquen nuestra forma de vestir, los ejércitos expropien la identidad del individuo para hacerlo parte de la tropa, los nacionalismos sean excluyentes: los creyentes se ordenen según el garito que le haya contado la parte interesada de la historia…

Y venderte que moda es libertad de elección; que tu orden o tu movimiento es el más verdadero, más fiel…

Y, volviendo a la idea de inicio, hago un acto de fe cuando digo que todos los universos subatómicos que funcionan armónicamente en cada una de las células que conforman el ser, me hablan de la innata capacidad del individuo, único y singular, para coexistir en equilibrio con lo diferente, que es la característica más relevante de toda la Creación.