Es un discurso torticero. Se emiten sonidos a través del aparato fonador para simular que se está hablando. Pero es como los mensajes que aparecen en latín en las plantillas de las presentaciones, de las aplicaciones de texto (Lorem ipsum dolor sit amet…): no dicen nada.

“Bla, bla, bla”, “etc, etc”… son ejemplos de cómo, si hay que rellenar, se rellena sin pudor. Está, esta costumbre, al nivel del rebuzno, cacareo o ladrido; sonidos propios de seres vivos que, a los sapiens sapiens, no nos dicen nada.

A lo que íbamos, que me estoy desviando: el título del presente texto es no culpable, que es el eufemismo que pretende sustituir a inocente que, por definición, es libre de culpa; hilando más fino: libre de imputación de una determinada acción como consecuencia de su conducta. Lo que viene a ser “no soy responsable de lo que hago y, por ello, no debo responder de las consecuencias de mis actos”.

Ya no aspiramos a ser inocentes, responsables, íntegros… Ahora se quiere vivir de una manera que me beneficie como individuo pero que me exima del deber de tratar a las personas como quiero ser tratado.

Y llegamos a la chulería que desprenden algunos al ejercer cargo público y la posterior amnesia que padecen tras abandonarlo hecho un erial. Es curiosa la prepotencia que se muestra en sede parlamentaria y la humildad que devuelve el estado laical y su consiguiente falta de aforamiento.

Como vengo comentando últimamente, creo necesario rescatar la responsabilidad como valor cívico. Es una práctica saludable tanto para el individuo como para la sociedad. Vacuna contra la mediocridad y cura la estupidez.