
Nos han robado.
Nos están robando todos los días. A través de lo que se nos oferta como una facilidad, resulta que es una cadena: tenue pero firme que nos ata a través de un mínimo pago que nos hace dueño de la fútil conexión a una plataforma para poder escuchar música, usar un programa o una suite, recibir la información que era gratuita sin filtros, más honesta… En fin. Es la libertad comprada en cómodos plazos mensuales.
Lejos queda la época en la que esperaba con el dedo en el botón de grabar para poder tener la canción que me gustaba, aunque el locutor de la radio se metiera por medio. Más lejos cuando comprábamos un programa y era para siempre: no tenía caducidad. Se morían cuando el entorno del ordenador quedaba obsoleto.
La cuestión es que, subidos en el vagón de la comodidad, descendemos suavemente hacia los infiernos de la dependencia: angustiados por no tener cobertura, por no encontrar la ruta más corta, para esa receta que quiero…
Las franquicias online se han hecho con nuestros contenidos. Todo aquello que valoramos está en la pantalla, hasta que se va la conexión.
Si habláramos de la iglesia de podría decir: “Mientras buscamos con la inocencia de un niño y esperamos con su confianza, la Palabra no falla: no es más sencillo el camino, pero llena de esperanza nuestro corazón. Lo malo es que, cuando nos venden modelos de creencia que se supeditan a fórmulas que más tienen que ver con contratos que con libertad evangélica, nos aseguramos la calma chicha: pero nuestro alma se hipoteca en cómodos plazos, nuestra paz es tan parecida a la de los que tienen mi misma suscripción…
Somos dueños en tanto nos desprendemos. De las ligaduras de las promesas que coartan la libertad de juicio, de credo: para fallar y levantarnos sin que haya servicio en la red.