Durante mucho tiempo, cuando observo la política, me debato entre dos opciones: Gobierno o poder. Hubo un tiempo en el que me planteé otras alternativas, como ideología o poder: pero pronto lo dejé. La mejor pregunta es: ¿De verdad hay alternativa? Y no es una pregunta desesperanzada. Es la constatación de que el poder, el que tiene más poder, quiere seguir acumulándolo. Y le importa una mierda la ideología, porque todas rinden pleitesía al poder. Es por eso que siento cierta desazón cuando veo a quienes vienen a renovar la política, para que sea más justa, sólo desean conservar la posibilidad de hacer sin tener que dar muchas explicaciones.

Y, un detalle sin importancia, el poder se sirve de cualquiera: del premio Nobel y del panadero; del multimillonario y del paria que mendiga. Todos lo ejercen en la medida de sus posibilidades. Lo gracioso es creer que puedes escapar de su abrazo, canto de sirena que te lleva a las rocas donde encallan nuestras certezas, buenas intenciones: y besas su culo.

La pretendida mayor democracia del planeta se dedica a ir como una vaca en una cristalería por todo el planeta imponiéndola, la democracia, a base de bombas. Sus aliados, maravillados por la oportunidad, aplastan a otros pretendientes a recibir los favores del poder, para que su hegemonía no se ponga en duda. Y, lo lamentable de todo esto, es toda la carga ideológica de las películas, lo patrioteros y rectos moralmente hablando que son. Jaja.

El poder es amoral. Quienes lo perpetran, también. Sacristanes de una liturgia que mata a iguales porque viene bien al mercado. El sumo sacerdote de todos ellos es un chiste malo que hace que los malos parezcan buenos. Y que sus patrocinadores ganen dinero indecentemente.

Power. Ninguna organización, ningún hijo de Adán se libra de su hipnótico influjo. Y de su erótica.

Creo que, cuando Jesús se hizo niño en el vientre de María, sabía que eso era cierto. Porque él tenía todo el poder. Y se hizo nadapoderoso.