
A la luz de los acontecimientos que aparecen en las noticias, compruebo que no se aprende de la historia. Esa que habla de los líderes que, iluminados por su estupidez o sus promotores, ven en la muerte de sus nacionales en guerras que nunca deberían haber ocurrido, un efecto colateral de su iluminada visión: salvadores de la patria, conocedores del destino, malversadores de vidas: características propias de enanos mentales elevados a su máxima incompetencia.
Es por todo esto que, el día de fin de año del año del Señor de 2025, comparto esta reflexión.
Todos estamos llamados a ser felices. Y digo todos. En un ejercicio de consciencia personal y de saberse parte de alguien esencialmente viva, como es la Humanidad, es urgente que busquemos la unidad. Hablo de que el individuo encarne el bien genuino: ese que no cuesta dinero, que es igual para todos y que no obtiene mayor beneficio que el de los demás. Y, en esta cadena de favores tan gratuita, somos beneficiarios todos.
Al ritmo que vamos, superaremos los millones de muertos que suelen traer las guerras mundiales. Pero algo que no puede matar la guerra, es la primigenia bondad que reside en la Bios de todo ser humano. Acallada, amordazada pero latente. Tras miles de guerras, seguimos encontrando señales en la oscuridad de la barbarie, del negocio de la muerte y las armas, del empecinamiento en matar como solución a problemas que desaparecen con el diálogo, la fe, el silencio…
Hoy cerramos otro año. Nos ha vuelto a mostrar la mezquindad de la corrupción del corazón de los hombres. Pero, como dice la Palabra, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Donde hubo dolor, nació una nueva vida; donde hubo desgracias, renació la solidaridad: allí donde las bombas caen no parece caber más dolor: pero sí esperanza.