Últimamente lo digo mucho: “ser autónomo en la iglesia católica es una mierda”. Es muy difícil conseguir espacios en los que desarrollar las actividades que la experiencia nos muestra que son eficaces: donde hay innovación pues mezclamos aquello de “siempre antiguo y siempre nuevo”. Y la imprescindible relación con quienes compartimos el trabajo: y lo hacen suyo.

Y, por supuesto, no podemos olvidar que soy laico. Siempre me llamó la atención la peculiar manera que hay de percibir este estado. Cuando algún consagrado se da de baja, se le “reduce al estado laical”.

Pero, en este “sálvese quien pueda” en el que estamos viviendo, donde se busca sentido a la existencia y pervivencia de los carismas, no hay lugar para la novedad. Nos es mucho más sencillo celebrar los hechos que santificaron a los fundadores en vez de ser luminarias en esta jornada que comienza con “el sol que nace de lo alto” …

Constato la distancia que hay entre órdenes religiosas, que se perciben como oposición, a pesar de tener una misma raíz. Si es el Evangelio el que nos hará uno para que el mundo crea, tengo la sensación de que esto va a tardar más de lo deseable.

Al final, siempre me encuentro con alguien super razonable que me dice con voz condescendiente, casi paternal, que doctores tiene la iglesia, que me busque un trabajo de verdad: que toque la guitarrita en la parroquia;

y en paz…