
La verdad es que el destino es caprichoso. Tras haber escrito sobre el futbol, dioses con pies de barro y nunca mejor dicho (ni siquiera en las profecías, que hoy son y mañana son carne de estampita), resulta que vienen los Juegos Olímpicos en París. (de donde vienen los niños).
Y eso: que me lo ponen muy fácil. Hablar de estos juegos es hacerlo sobre el esfuerzo de atletas que, disciplinados, quiebran sus huesos, estiran sus músculos y voluntades, para conseguir marcas que el resto de los mortales no alcanzaríamos ni en sueños. Seres humanos que parecen de otra especie hacen que sus proezas nos parezcan, a los hijos de Adán y Eva, los de andar por casa, unos cachocarne…
Y aquí viene la cosa. ¡Qué bien viene que haya gente tan notable, que haga que nuestros corazones latan intensamente mientras compiten contra sus iguales: y contra el tiempo, la altura, el agua, el césped o cualquiera otra variable física que me tendría clavado al suelo, tú! Olímpicos, nunca mejor dicho, que rozan la excelencia, aurea; y después, plata y bronce.
Y nosotros, mirando las pantallas disponibles, admiramos su esfuerzo, catalogamos su cuerpo… y dictaminamos sobre la verdad y las mentiras que estimamos acabamos de presenciar. Certificamos nuestra medianía, tirando por lo alto, y nos sentimos justificados en ella.
Lo dicho: ¡Es maravilloso que haya gente excelente, increíble, para elevarla a los altares! Ya habrá tiempo de defenestrarlos a todos. Pero hoy, hoy, son la medida inalcanzable, la diferencia imposible… Quienes me demuestran que no seré nunca como ellos. Y que no estoy tan mal. ¿Sí o qué?