El conflicto. La pelea. La imperiosa necesidad de ser quien tiene razón nos empuja a aplastar, machacar, devorar, violar, matar cualquier opinión que pueda poner en duda ese axioma. Por eso peleamos. Porque, si dialogáramos, podríamos darnos cuenta de que no es verdad lo que defendimos con uñas y dientes; con cromosomas y odio: todos prestados. Fueron inoculados por la inefable, inquebrantable, eficacísima discordia.

Y todo porque tenemos que defender nuestra identidad, cultura, raza, credo, historia, herencia… Es una buena razón: “En legítima defensa” podemos matar a los hijos de otros, para que no maten a los nuestros. En verdad, es una premisa que es biunívoca: se da en ambos bandos con la misma intensidad, igual dirección y sentido contrario.

Como ya he hablado en otras ocasiones, el pueblo elegido por Dios, que habita Tierra Santa, tiene memoria de pez. Recuerda que fue masacrado por el régimen nacionalsocialista; sujetos de su plan exterminador, aprovecharon su fuerza para aplastar al débil…

¡Qué ironía! Ahora el débil es el pueblo palestino. Que tiene el mismo derecho a habitar la tierra que ahora bombardean; es como pescar en una pecera. Lanzan alta tecnología explosiva contra los pobres que no tienen agua, recursos ni futuro; justo como ellos en los campos de exterminio. Asesinados como ratas en jaulas de las que salían hacia las fosas comunes o los hornos crematorios.

Como mencioné al principio, todo para defender una identidad que es cuestionable. Pero que no será investigada pues es más sencillo decir que fue en defensa propia que reconocer un genocidio; ellos, fueron los sujetos de otro, pero ya no lo recuerdan.

Los palestinos deberían aprender la lección para no caer en los mismos errores. No tienen que preocuparse por los hijos de Sion. Ellos serán destruidos desde dentro. Lamentablemente, el monstruo, es alimentado por quien será devorado después. Otro fallo de memoria…