
Recuerdo que, cuando quise aprender inglés, o intentarlo, lo que me movió fue comprender la mente de los que lo hablan. Porqué alteran el orden de las palabras, le añaden -ing a cualquier cosa para hacer un nombre, o sustantivo y todas esas cosas que hacen los compulsivos bebedores de te.
Y lo hice porque las palabras en la boca de las personas están vivas. Cuando hablas, comunicas la vida que vive dentro de ti. Enjugan las lágrimas de quienes lloran, encienden los corazones de los cobardes, inflaman el amor de los amantes y ponen nombre a los recién nacidos. Dejan de ser desconocidos para existir. Y formar algo más grande que ellos mismos.
Por eso me horroriza la obra que se está estrenando cada día. El escenario va cambiando, pero las palabras, que antes tenían sentido, se vuelven histéricas, burlonas; las que comunicaban seguridad son dudables. Aquellas que significaban unidad se vuelven escalpelos y arrancan el alma a sus anteriores significados. La divinidad de su origen se embarra con la simpleza, he dicho simpleza no simplicidad, de los bárbaros que las perpetran.
En sus tumbas, las palabras se revuelven; sus huesos, que son todas las épocas que han vivido anteriormente, atormentadas, se clavan contra las tapas de sus ataúdes, mentiras; prostitutas que sirven al que más paga; que las violan y matan sin compasión con una sonrisa estúpida de complacencia.
Las palabras son comunicación y ahora, son ruido. Que el silencio desfibrile sus corazones y la verdad encienda sus almas.