
Las reglas del mercado son simples. O tienes una necesidad que cubrir, fabricando el stock necesario para cubrirla, o generas una necesidad teniendo ya el producto terminado para su comercialización y consumo. Es asombrosamente simple.
En el caso de la música ocurre lo mismo. Puedes tener un nicho de mercado que hay que atender, pues existe una demanda real… Se genera el contenido y punto. O también creas una tendencia estética amparada en un estilo reconocible pero subjetivamente distinto. Esto último tiene su enjundia pues puede no tener la respuesta esperada por parte del público. Si es así, pues se quema en la pira de las desdichas; si obtiene respuesta, probablemente, se haya creado una tendencia.
En la música religiosa ocurre algo parecido. Pero no es igual. Se observa cómo se crean contenidos dependiendo de los eventos futuros, días de señalada celebración para los que se generan nuevos ítems o, simplemente, hay un centenario, un aniversario, un evento cíclico que necesita los ropajes de la música. En todos los casos descritos, hay un motor para la creación. Los consumidores, se presuponen.
Pero, ¿y si no hay consumidores potenciales pues desconocen el producto, sus ventajas e ignoran los códigos utilizados? Sería como predicar en el desierto. Un mensaje potente hablado en lenguas muertas, con ritmos desfasados, con voces que no enamoran.
Vuelvo a formular la pregunta: ¿Para quién creamos contenidos musicales si quienes tienen que recibir el mensaje desconocen el idioma que utilizamos, los héroes que mencionamos, las historias que narramos? Si la calidad de nuestras producciones son ínfimas, si las letras son infantiles y cargan sobre el consumidor la mayoría de la historia pues han de suponer, siendo que, como he dicho antes, desconocen los códigos, si nuestras voces no soportan el estándar mínimo, ¿para quién creamos?
Si es para nosotros, es redundante, pues no lo necesitamos pues conocemos el paño. Si es para nuestros amigos, pues lo mismo: nos aplaudirán y se quedará allí donde se ejecuten los cantos: dando vueltas en las bóvedas de cañón, los arcos apuntados…
Si lo que queremos es llegar a la gente, ¿no habrá que hacer las cosas de otra manera? Si queremos ser signo distinto, ¿no deberían ser diferentes nuestras canciones? Si nuestras canciones son semilla, no deberían serlo del Evangelio?