Hay gente que resulta atractiva. Así: como si fuera fácil. Los ves en los medios, por la calle… Con un halo casi mistérico, resultan magnéticos, no sé por qué. Es esa primera impresión que te pilla. Y suele ser sólo eso: la primera impresión porque, cuando comienzas a conocer o, sorprendentemente, supera tus expectativas o las difumina de golpe: Todas.

He visto muchas entrevistas en programas a actores. Son idolatrados por las películas que han rodado, los excelsos personajes que han encarnado. Pero siempre hay algo que me deja pensativo: son esos resquicios por los que aparece el estado llano. Se decía en la película “Doctor Zhivago”: “Rasca a un noble ruso y encontrarás un campesino”. Y es eso exactamente lo que ocurre. El personaje se mantiene durante limitado tiempo. Después, aparece quien realmente somos. Los actores admiran a otros actores por lo mismo que son admirados. Pero, fuera de los personajes, son exactamente lo que son. Gente igual de aburrida, desustanciadas y con tantas ganas de ser querida como tú y yo: o como cualquier tendero de mercadillo.

Pongo en valor todo esto, sobre todo el tendero del mercadillo, porque hay mucha coherencia entre actor y personaje. No suele haber mucha doblez.

Y, como casi siempre, la moraleja me lleva al Evangelio. Todos los apóstoles fueron personajes en una obra en la que, hasta casi el final, no sabían exactamente cuál era el objetivo ni la trascendencia de su papel. El único que no fue personaje fue Jesús. Era el tendero del mercadillo, la persona exactamente igual en fondo y forma, continente y contenido coherentes hasta el final. No fingió. Por eso su magnetismo permaneció en aquel tiempo, hizo de los figurantes, actores principales y fue Buena Noticia para todos.

Y ahí sigue.

RAE. “Cada uno de los seres reales o imaginarios que figuran en una obra literaria, teatral o cinematográfica.”