“El que no llora, no mama”. Verdad verdadera. Pedir respetuosa, educadamente: gritando o pegando… pedir, pues es necesario.

Están también aquello de pedir por las intenciones de otro. Esto es: uno propone y los demás decimos venga, venga, venga, venga… Y así…

La cosa tiene lógica. Alguien es consciente de una necesidad y se pide por ella.

Y, cuando no se es consciente de la carencia, del dolor, del silencio… ¿se pide o no se pide? ¿Hay alguna oración en la que se diga algo así “por mí y por todos mis compañeros”?

Y es que, si no tiene nombre la cosa, parece que no existe. Cuando no conoces el nombre del individuo que tienes enfrente, dices “ese” o “aquel” dependiendo de la lejanía. Y la lejanía no la impone el sistema métrico sino la ausencia de nombre: lo que nos hace sujeto de pleno derecho, nombres y apellidos en ristre, que conocen de dónde vienen, quiénes son.

Por ello pienso que, cuando me dicen que rece por alguien, por alguna intención, ya vive en el corazón de alguien y que Dios sabe lo que necesita antes de que la petición llegue a la boca. Creo más bien que, la próxima vez, pediré conciencia para intentar, aunque sólo sea intelectualmente, hacerme uno con dolores y necesidades de las que no sería partícipe: tú sabes que esta vida que llevamos no nos permite darnos cuenta del paisaje y sí de la pantalla del móvil…

Por ello, hoy, pido por nuestro planeta, que no se merece a tanto ser humano incapaz de empatizar con ella; por los países subsaharianos en los que ha habido golpe de estado: como siempre, los que hacen uso de la fuerza como profesión suelen perder la perspectiva de que son servidores del pueblo y no dueños. Por los afectados del huracán en Florida, por la sequía que pronto llenará la fronda de huesos secos de árboles, apestosas pieles al sol… Y por la Humanidad: no aquella que define a todos los bípedos implumes sino a aquella característica que nos acerca al otro por pertenecer a la misma familia.