“Un conductor que lo hacía en sentido contrario, escuchaba la radio que decía que había un piloto suicida en la autopista. ¿Uno? ¡Hay miles!, respondió.”

Creo que es suficientemente ilustrativo de la realidad que se está viendo con la guerra de Ucrania. Con el ataque, se está gestando un suicidio. Si se consiguen los objetivos militares del ruso fascista, seguirá con otros países pues se le permite; y, si no se le permite, amenaza con la guerra nuclear, que es una amenaza muy grande, pero que empieza a cansar un poquito, pues la usa de argumento desde el principio.

Nadie amenaza a Rusia. Es Rusia, es Putin, quien se siente amenazado en su paranoia postsoviética. Pero, si Rusia está destruyendo Ucrania, ¿qué nos hace pensar que debemos permitir que siga? Si ella se siente amenazada por quien no ha comenzado la agresión, ¿por qué no tenemos derecho a plantear una defensa legítima frente al agresor?

Yo le invitaría a Vladimir a una cerveza y un pincho de tortilla. Creo que sería lo más cercano a la normalidad que nunca haya vivido. Le mostraría que tiene mucho que cuidar, más de ciento cuarenta millones de rusos y que la violencia sólo pare violencia.

Que el suicidio no es una buena idea: que no tiene nada que demostrar. Y que el principio de convivencia se fundamenta en el respeto y no en el miedo.