
Parafraseando una canción de 180°.
El presente texto tiene que ver con las decisiones que tomas. Muchas veces prefiero obedecer a equivocarme. Por lo que sea: la presión ambiental, mi necesidad de encajar, de desentonar: porque me interesa para conseguir algún objetivo a medio o largo plazo. La cuestión es que obedecer es un acto consciente: de las consecuencias y de la hipoteca que supondrá posteriormente.
Pienso en los ejércitos. Hay gente en la cúspide, el escalafón, que decide situaciones en las que ellos no se ponen en peligro. Habitualmente, mueren otros: del otro bando y del propio. Pero, con independencia de la razón que les motive a ordenar tomar un territorio, denazificar Ucrania, liberar a los gazatíes de Hamás, está la consecuencia: amputas tu conciencia y matas a un igual porque a otro le interesa. Y no necesariamente es el interés general: es el mezquino, cínico objetivo de perdurar en el poder…
Hoy por hoy, tenemos ministros que se comportan como júligans: insultan sin freno y no asumen las responsabilidades que conllevan ni el cargo ni lo que vomitan en redes. El cinismo es la medida de su lengua: la mentira, un préstamo para ganar tiempo y que la memoria cortoplacista del conjunto de la sociedad haga su trabajo.
Cuando hablamos de una sociedad de iguales es, creo, desde la convicción de que somos dignos desde el nacimiento: que todos tenemos derecho a la presunción de libertad, de honestidad: donde la empatía no es opcional sino que viene de serie en cada fruto del vientre de una mujer.
No me convencerán de que las casas más seguras son las de cartón Yeso; ni que las extraescolares suponen un plus en la educación que prescinde de la presencia de los padres. No me rendiré ante la presión de una moda que ridiculiza hasta lo insoportable a sus portadores.
Prefiero pensar que yo soy como tú. Distinto, diferente, si: Pero tenemos derecho a ser felices. Vamos a poner todo lo que somos. ¿Te apuntas?