Según vas escuchando las noticias, encuentras un patrón de presentación repetitivo. Aparece la guerra en el Este, la violencia contra la mujer, las leyes bienintencionadas mal redactadas, las propuestas que, a todas luces, inducen a un mayor dolor… Y así.

La información no creo que sea mentira. Pero se puede presentar para crear una corriente de opinión. No digo nada nuevo. Pero no por antiguo deja de ser verdad que el ruido aturde. Y en esta sociedad nuestra hay mucho ruido.

Calcular los tiempos de reconocimiento de errores es una práctica muy común en política. La memoria a corto plazo se diluye en los anuncios para contratar las vacaciones (en enero). Y pienso que quienes deberían buscar el bien común no creen en él. Suponen, en la molicie de su palacio de cristal, que a ellos no les afecta y, en el caso de que así fuera, ya tienen un seguro de vida para el resto de sus existencias.

Porque creer y vivir parece que son cosas distintas. Y nada más lejos de la realidad. Cuanto más vives alejado de lo que crees, más te conviertes en un muerto viviente: lo llaman zombis, pero el español es super rico. Como dice la canción, “es vivir sólo por fuera”. La política está para servir a quienes se lucran de las desdichas de la mayoría de los hombres y los creyentes vivimos como si lo que creemos no fuera verdad.

Por eso, al final, somos prescindibles. El hombre es prescindible porque el bien común, esa masa informe, no lo contempla como todo sino como una parte sin identidad. La fe es prescindible porque se nos ha presentado como opción cuando es vertebradora de la existencia y sus valores. Los pueblos, las razas, los credos, las dudas… Todo es prescindible. Creemos que en futuro próximo las cosas serán de otro modo. Pero, si no creemos, el horizonte se estrecha. Y lo hace tanto como el obturador de una cámara. Cada vez, entra menos luz; la oscuridad, lo tiñe todo.