
“Acción y efecto de prostituir, que no es otra cosa que deshonrar o degradar algo o a alguien abusando con bajeza de ellos para obtener un beneficio.”
Tras los resultados de las elecciones en España el día 23 de julio, estoy con ganas de escribir algo como esto. Sé que mi posición no es muy ortodoxa. O quizá sí. Pero lo que tengo claro es que las palabras no pueden ser violadas (Infringir o quebrantar una ley, un tratado, un precepto, una promesa) de la manera en la que se hace públicamente.
Siempre, y digo siempre, creo en la honradez de las personas. Que luego sean decepcionantes no es problema de ellos: es mío por creer que tienen algo, son algo que nunca fueron. En mi situación de crédulo habitual doy por supuesto que la política busca la equidad y la bondad para el pueblo representado en un equilibrio justo para todos. Pero, a todas luces, quienes buscan la independencia de sus representados no quieren la misma bondad deseada para los suyos, para el resto del país al que extorsionan desde su minoría. Creo que no falto a la verdad cuando digo esto. No es un juicio: es tiempo observando.
No creo que un partido que gobierna bajo la extorsión de los anteriormente citados sea el mejor para gobernar (1). Lo digo porque la mayoría habrá de padecer los vaivenes de las minorías que asegurarán sin pestañear, el sillón del poder a quien esté dispuesto a hipotecar el futuro del conjunto por el bien de la parte. La pregunta es siempre la misma: ¿Gobierno o poder?
No creo que hacer ruido sea la mejor manera de hacer política como he escuchado últimamente. Creo que el diálogo es mucho más interesante: es lento, como el trabajo de siembra. Y depende mucho de las condiciones, que no pueden ser violentadas.
No creo que lanzar manzanas de discordia en medio de la sociedad por nuestra identidad, ya sea sexual o de nacimiento, ya sea migratoria o racial, sea una buena idea. Me parece mucho más interesante dejar de culpar y comenzar a asumir los errores que, todas las circunstancias antes descrito, han parido este hoy. La prostitución es una práctica habitual en la política. El transfuguismo y la desmemoria, enfermedades colaterales. El tiempo demuestra que, buscar el bien de las minorías, nunca ha sido bueno para un país. No estaría de más pensar qué pasaría si buscáramos el bien para todos. Y todos, todos, asumiéramos responsabilidades como si fuéramos conscientes.
Y concluyo con la conocida máxima del pastor mongol del siglo XI Otgonbayar “No es bueno jugar con fuego y grasa de yak en el pajar”.
(1). Práctica habitual en todo partido que ha detentado el poder, de cualquiera ideología. No hay gobierno: sólo poder.