
Debo admitir que es un tema recurrente en mis escritos. Pero no puedo evitarlo: La fascinación que siento por la inteligencia es la misma que sentían los ilustrados con la razón. Creo que, si se usa convenientemente, puede llegar a ser solución de problemas actualmente irresolubles.
En los debates públicos no hay propuestas basadas en sesudas sesiones en las que se exponen tesis, se contraponen antítesis y se convienen síntesis. Lo que hay son contrapropuestas a sensaciones. Me explico:
“Yo creo que lo estáis haciendo mal y por ello, propongo algo opuesto”. En vez de tener un discurso propio, nos sumamos al cauce del desasosiego y la acefalia coyuntural.
Y no me parece un argumento, para levantar los ánimos y los debates, que soy distinto a ti: Lo disfrazo de historia, de cultura o de agravios y así creo que estoy licitado para saltarme a la comba leyes humanas y educación doméstica pues la diferencia que yo, y sólo yo aprecio, me hace enraizar mi discurso, mi litigio… Aunque falte a la verdad.
En vez de sumar voluntades, se quiebran igualdades. Se dinamitan los puentes y los caminos; se olvidan las veredas y dejamos de reír juntos. Apretamos los dientes y buscamos adeptos a nuestra causa.
No puedo cambiar nada ni nadie excepto a mí. Lo único que puedo hacer es respetar lo que ocurre. Pero estimo conveniente recordar que hay frases nacidas de la experiencia que, pasados los siglos, siguen teniendo vigencia: “Divide y vencerás”.
Pues eso.
Y ya que se puede decir cualquier estupidez para encender un tuitero debate propongo: “¿Puede una mujer cañón disparar un hombre bala?”