El parto se alargaba: la noche se cernía sobre el hospital y su oscuridad auguraba complicaciones. Los gritos de la madre se trocaron en felicidad cuando rompió a llorar el recién nacido. La matrona, henchida de alegría, gritaba a la madre mientras ponía al niño en su pecho “Acabas de tener un genocida”. La madre, emocionada por la noticia, lloraba de alegría mientras contemplaba cómo lavaban al niño y se repetía en su cabeza “genocida, genocida”.

 La anterior escena es una narración teatralizada del nacimiento de Netanyahu. Estoy seguro de que la madre, si le hubieran dicho que iba a parir a un asesino más interesado en no ser procesado por corrupción que en gobernar con rectitud y honestidad, no se habría alegrado mucho. No creo…

Y es que parece que subyace bajo la supuesta maldición al pueblo hebreo la convicción de que la tierra que ocupan es suya por derecho divino. Y es curioso: los que más creen en esa patraña son los ultraortodoxos, esos seres tan simpáticos vestidos de negro, que lucen sombreros negros de ala ancha, y tirabuzones. Y más interesante aún es que este colectivo se niega a empuñar las armas para defender la patria porque andan procreando y rezando a Yahveh. Ellos serán quienes destruyan al pueblo de Israel. ¡Qué paradoja!

Por eso, con la prudencia que hay que tener en estos casos, que es ninguna, llamo a cada uno por su nombre. Netanyahu es un genocida y no quiere parar la guerra porque cree que el exterminio de los palestinos traerá la paz a sus fronteras. El pueblo que debía ser exterminado en la Segunda Guerra Mundial practica con mayor saña si cabe, el deporte del exterminio con un pueblo que muere de hambre en la tierra que ocupaban antes de la llegada de los judíos tras la mencionada guerra mundial.

El pueblo que debía ser adalid de la paz, defensor de los débiles, amante de la verdad se empecina en ser señor de la guerra, perseguidor de quien se atreva a cuestionar su criterio y amar las mentiras que les justifican. Mirar hacia otro lado es su especialidad.

Todo para regocijo de Vladimir Putin y la connivencia de Estados Unidos. ¡Que Dios nos asista!