
Hoy la incorrección política se ha encarnado en mí. Y se entiende muy fácilmente pues los monstruos paren monstruos más deformes para parecer bellos. Como las barrocas beldades que ponían un mono a su lado para ganar en la comparación, una y otra vez, se juega la misma partida: que no es otra que la de la confrontación.
No. No llamaré bello a lo deforme. Ni adjudicaré valores a la multiplicidad de identidades que, como las setas que aparecen tras la lluvia, han brotado en nuestro heterobásico universo. Tampoco me colocaré frente a un nacionalismo que necesita denostar lo que no es suyo para que verdaderamente tenga valor, tenga sentido su existencia. No me defenderé por no compartir las diferencias que mataron en una guerra sin sentido hace ya demasiado tiempo. Ya murió suficiente gente. Y parece que no colmó la glotonería de la división.
Soy creyente y por eso me atrevo a escribir estas cosas. No discutiré con quien quiera convencerme de la necesaria autoafirmación de unos valores a los que se le han amputado las raíces. La cáscara puede permanecer aunque no contenga nada. Y, últimamente, sólo veo envases.
A quien su identidad sexual autorice, en modo inquisitorial, a perseguir todo lo que no sea lo que su ideología predica, le digo: «Ni pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió». La persecución nunca fue un buen argumento para la convivencia. A quien su ideología política autoriza para insultar a quien no la comparte, no puede presumir de libertario: más bien se parece al depredador que pretende eliminar.
No hay nada nuevo bajo el sol. Y, lo más nuevo, es el Evangelio, pues es buena noticia para todos los vivos. Amar al prójimo como a ti mismo me parece la mejor opción.
Si deseas lo peor a tu prójimo, ¿Qué es lo que quieres para ti?