
Yo creo que es como rascarse. Uno empieza y no sabe cómo terminar. Tiene una doble componente, antagónicas diría yo: te produce un profundo placer y te hace daño al mismo tiempo pues, si te rascas demasiado, puedes hacerte una herida.
En el tópico que hoy me ocupa, advierto ambas vertientes. Quejarse de algo o de alguien es un acto en el que me siento plenamente licitado a hacerlo. Me lamento porque puedo y es gratis. Además, en la queja hay una cierta asimetría; al practicarlo, yo tengo derecho y, de lo que me quejo, está en un plano distinto al mío. Como no tiene defensa por alusiones, pues se suele practicar cuando la cosa o el individuo no están presentes, me explayo y formulo mis argumentos sin filtro, pues sólo están los míos. Y, oh sorpresa, mi argumento vence porque no tiene oponente y, así, mi opinión se cimenta sobre la pírrica victoria. De la suma de muchas victorias de ese tipo, se forma una certeza… Una certeza que, probablemente, no sea verdad.
Y puedo decir en defensa de tan defenestrado verbo, que hay muchas causas para practicarlo: la pandemia, el paro, la soledad, el egoísmo, el cambio climático, el fin de mi serie preferida, mi hijo, mi marido… Pero ¿no os resulta sorprendente la tranquilidad inmovilista e inhabilitante frente al sujeto/objeto de la queja que os embarga?
Ahí queda eso. Y a otra cosa que, en breve, ya tendré otra excusa para llenar mi tiempo de ocio que me haga sentir mejor y más bueno…
La queja es lobotomizante. No sirve para nada. Una actitud beligerante, vitalmente, que refrende mi opinión es mucho más productiva que pronunciar los hechizos que me embotan el corazón. La vida que vive sus días con coherencia no mira los errores, o supuestos argumentos, que bendicen mi deporte preferido.