¿Cuántas veces te han vendido soluciones fáciles a problemas complejos? De las veces que veo los anuncios en televisión saco una conclusión: me tratan como un gilipollas.

Ejemplo: llega una familia a su casa y el fregadero está atascado. Enfocan la cara de la señora, horrorizada ante tal espectáculo tras volver de vacaciones y, milagrosamente, me venden un desatascador. Y yo me pregunto: ¿uno no mira en todas las estancias de la casa por si hay algo que no anda bien? ¿Se le olvidó a la señora vaciar el fregadero lleno de aguas fecales propias de un vertido tóxico?

Y hay más: un hombre, machote, para que no haya dudas, lucha contra la almohada, aprisionado por las sábanas pues no puede dormir. Una oveja me aconseja un producto maravilloso por el que el interfecto podrá dormir toa la noche. Claro: lo suyo es atacar la consecuencia, insomnio, y obviar las causas del insomnio… Ay.

Compro ropa de temporada. Le doy poco uso para poder venderla en apps que me prometen un tsunami de Dopamina y Oxitocina al venderlo a menos de la mitad de lo que me costó para poder comprar ropa el doble de cara.

¿Quién va a un chino a comprar cosas de calidad? Pues nos engañan como a aquellos con productos cortoplacistas que me garantizan una bondad efímera y no todas las veces eficaz.

Ahora toca una reflexión coyuntural, ceñida al tiempo que vivimos: nos han convencido de que con la pauta completa de mentiras podremos soportar este vacío letal. Y, cuando ya estamos vacunados, empiezan a susurrar que, probablemente, nos hará falta una tercera dosis; o una cuarta: o setenta más. La cuestión es fiar nuestro bienestar a lo que se consume.

La moraleja, hay quien dice que soy un moralista y siempre tengo que decir algo al final de la homilía, es que es la mejor manera de mantener las preguntas sin respuesta, las soluciones en pendiente- urgente, la culpa como avalista de mis males es comprar mi felicidad. Lo que ya sospechaba, desde hace mucho y aún no he aprendido, es que no hay rebajas en este mercado.