
Hay un chiste muy viejo que cuenta había una asociación donde todos los miembros se sabían todos los chistes. Como contarlos se les hacía muy largo, les asignaron un número a cada chiste y, cuando alguno de los socios decían un número, se partían de risa porque sabían qué chiste era.
Se trata de saber cuál es tu origen, tu fundamento: tu raíz.
El tiempo que vivimos se empeña en que no haya memoria y que, lo que es tendencia, se considere importante por las ratios de audiencia como para considerarlo valor. De ahí que se hayan impuesto las multitudinarias celebraciones televisadas como expresión de la fuerza de nuestra iglesia que, por cierto, nada tienen que ver con la vida de los que son sólo números en esas celebraciones. Cifrar la vida de un creyente por las veces que ha ido a peregrinar a la virgen de turno es faltar a la verdad. Hacer creer, como he llegado a ver que, en una celebración, todos comenzaron a reír como locos porque el celebrante dijo que había que sentir la alegría del Espíritu, me resultó francamente conflictivo. Que ese mismo grupo cayera al suelo, todos de golpe, porque se iniciaba el “descanso en el Espíritu” … no sé. Lo de hablar en lenguas, me pareció marciano.
Si un neófito ve esto y piensa: “¡Caramba: no sabía que esto era así!” y lo asume como verdadero, mal asunto: las referencias se distorsionan. De la misma manera que un concierto no aúna corazones: si se produce una comunión entre los miles, se parece bastante a lo que sienten los participantes de una fiesta Rave.
Pidiendo disculpas si alguien se molesta por mi reflexión, he de decir que la hago desde la convicción de que es el Evangelio la única manera de vivir dignamente. El hecho de la coyuntura que vivimos no es más que el resultado de lo que hemos sembrado. Hoy me esfuerzo por renovar el amor primero, el que me lleva a la raíz del asunto.
Se me olvidaba. El final del chiste es que un invitado de la asociación dijo un número y nadie se río. ¿Qué ha pasado? Preguntó desconcertado. “Es que no sabes contarlo”