
“Mi denota posesión” decía una antigua canción. En plata: adjetivo posesivo. Y, tras esta breve luz introductoria sobre su significado, pasamos al tema.
Hablar sobre advocaciones marianas es meterse en un berenjenal. De una manera astuta, la iglesia ha dado un carácter personalizado a cada una de ellas dependiendo del lugar para crear un vínculo con la madre de Dios y, por ende, con su hijo y demás apóstoles… Como vehículo es superinteresante hasta que se empieza uno a hacer preguntas. ¿Cuál de todas ellas es más madre de Dios? ¿Quizá la talla más antigua, la que tenga asociada más milagros, apariciones, no sé…?
Eso, por un lado;
Y luego está la cuestión de, si ella es del Rocío, de la Almudena, de la Asunción, de los Reyes, de los Dolores… No me quiero extender mucho, pero, a modo de ejemplo, es suficiente. Pero como decía, si ella tiene todas las advocaciones, su hijo y San José, ¿son del Rocío, de la Almudena…? Imaginaos el pifostio que se lía. ¡Viva San José de la Cinta! ¡Viva Jesús del Gran Poder! (Ya, ya sé que este existe, con lo que hay que preguntar si es por su madre, que sería “Nuestra Señora del Gran Poder”)
Llegados a este punto, puede haber alguien que crea que soy irrespetuoso. Nada más lejos de la verdad. Yo sé a quién sirvo. Lo que me preocupa es ver cómo hay gente que llega a las manos diciendo que su virgen lo es más que otra. Y es donde la iglesia se equivocó. La persona fue suplantada por el personaje y pudieron más los remakes que la original.
Con todo el respeto del que soy capaz de tener y reconociendo a María como la mujer más valiente de la historia, comparto esta reflexión y rezo que sea en la tierra como en el cielo.